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MONSEÑOR ANTONIO BLUM 

UN PREDICADOR DEL EVANGELIO

 Jose Santos, diácono

Este artículo es un resumen de la biografía sobre el Metropolita Antonio de Souroge (Antonio Blum) escrito por GILLIAM CROW ‘THIS HOLY MAN’ Impressions pf Metropolitan Anthony, Darton, Longman and Todd, 2005, así como un artículo de la misma autora, aparecido en la revista The Messenger, noviembre del 2013, Metropolitan Anthony: His vision and practice. 
Cuando el texto está en itálica, significa que es una traducción literal de la fuente, siempre el libro ‘This Holy Man’.

 

Antonio Blum, que fue metropolita de la diócesis Souroge, del Patriarcado de Moscú en Gran Bretaña, nació en 1914 en Irán y murió en el 2003, en Londres. Obispo de la diócesis de Londres del patriarcado ruso, convirtió una pequeña parroquia en declive en una diócesis importante en el ámbito ortodoxo europeo, con una apertura importante a la sociedad inglesa. Es autor de varios libros, que tuvieron mucha resonancia en los años 70 y 80 del siglo pasado, durante muchos años hizo muchos programas radiofónicos en la BBC, tanto en ruso como en inglés, tuvo una repercusión enorme, sobre todo en la Unión Soviética, fue un conferenciante muy solicitado, un destacado representante en las reuniones ecuménicas durante 2 décadas.

 

Es una de las figuras más destacadas, tanto a nivel teológico como a nivel espiritual y pastoral, de la generación de los rusos que tuvieron que emigrar con la Revolución rusa.

 

Estos son, en sustancia, los rasgos más importantes de msñr. Antonio. Vamos a desarrollar ahora algunas de estas partes.

 

 

CONTEXTO HISTÓRICO GENERAL: LA INMIGRACIÓN RUSA (REVOLUCIÓN DEL 17).

 

El triunfo de la revolución de Octubre en 1917, con la toma del poder por los bolcheviques y la consiguiente guerra civil que siguió de 1918 a 1921, provocó que, con la derrota del ejército blanco, una gran cantidad de rusos tuvieran que huir (se calcula que 3 millones de personas aproximadamente) y una buena parte, después de variadas peripecias, se establecieron en Francia.

 

Esta emigración estaba compuesta por los componentes del ejército blanco, la nobleza rusa, una buena parte de la intelectualidad (intelligentsia) rusa, la clase acomodada y un gran parte del clero.

 

Las condiciones en las que se vieron obligadas a sobrevivir eran de una miseria dramática, agravada por el hecho de provenir, una buena parte ellos, de una situación social privilegiada.

 

En París se agruparon en barrios muy pobres, viéndose obligados a trabajar en empleos muy duros.

 

En el plano social, había varias organizaciones que intentaban recuperar la cultura rusa, pero siempre con el horizonte inmediato de prepararse para una más o menos inmediata vuelta a su país, a través de una conquista militar, si era necesario.

 

En el plano religioso, la Iglesia ortodoxa rusa, sometida desde 1721 por el zar Pedro el Grande a un control muy estricto por parte del Gobierno zarista, había conocido en los finales del siglo XIX, un fuerte resurgimiento del pensamiento teológico, de la espiritualidad y del monaquismo en toda Rusia que culminaron en 1917 con el concilio de Moscú, en el que se volvió a restaurar el Patriarcado, se eligió al patriarca Tijon, y se empezó a forjar una renovación de las estructuras anquilosadas de la Iglesia. Pero ya durante el concilio se conoció el asesinato del metropolita de Kiev, se iniciaron las persecuciones y la obra del concilio quedó abortada.

 

La Iglesia ortodoxa rusa, atada por el antiguo régimen y muy marginalizada por la élite agnóstica del país, parecía destinada a compartir el destino fatal del tambaleante establishment imperial. Pero la Ortodoxia no conoce la muerte sin resurrección, y la Iglesia realmente resucitó y fructificó, no solo a través del horror y la persecución de la Rusia Soviética y más allá, después de la caída del comunismo, pero también, en la emigración, a través de la visión y el ejemplo de personas tales como el Metropolita Antonio.

 

En efecto, en medio de la devastación que produjo esta emigración, a través del sufrimiento de innumerables personas, de las penalidades y miserias de toda esta muchedumbre de vidas rotas, surgió una visión renovada de la Iglesia, una vida en Iglesia, viva, auténtica, despojada de muchos de los lastres que arrastraba la Iglesia; nacieron poco a poco pequeñas comunidades parroquiales donde se vivía el evangelio de una manera encarnada en el amor mutuo, con un redescubrimiento de la fe por parte de muchas personas.

 

 

Surgió también un pensamiento teológico renovado, que sin apartarse de la tradición, repensó muchos de los conceptos de una teología de pura repetición, con figuras muy importantes dentro de la Iglesia ortodoxa, que aparte de enriquecer a la propia Iglesia, han dado un testimonio del cristianismo mas allá de sus límites y provocaron un enriquecimiento mutuo en su contacto y apertura con Occidente. Figuras como Vladimir Lossky, p. Georges Florovsky, p. Alexandr Schemmeman, el p. Sofronio Sajarov -que aportó el testimonio de San Siluan a Occidente -, el Metropolita John Maximovitch de San Francisco y otros muchos. Y entre ellos, el Metropolita Antonio, de quien vamos a tratar.

  

NACIMIENTO Y PRIMERA INFANCIA

 

André Borisovich Blum, nació en 1914, en Lausanne, Suiza. Hijo de un diplomático (Boris Blum) y sobrino del compositor ruso Alexander Scriabin por parte de madre (Xenia); su abuela materna, Olga Fernández era italiana de Trento. El apellido Blum era de origen escocés. André nació justo antes de la I Guerra Mundial en un mundo, el de la clase alta del Imperio ruso, que tenía los días contados, excepto en el corazón de los emigrados y en su medio ambiente en el destierro, del que André formó parte.

 

Sus padres estaban en Suiza en visita a los padres de Xenia, después volvieron a Moscú, y al cabo de pocos meses su padre fue destinado como cónsul del imperio ruso en diversas ciudades de Persia. Allí se trasladaron los padres, la abuela –que acaba de enviudar- y el niño.

 

Estuvieron en Irán durante 6 años, viviendo en diferentes ciudades. Durante estos años vivió una vida acomodada, en casas espaciosas, con criados, cuidado por su madre y su abuela, sometido a una educación razonable, sin un exceso de disciplina. Lógicamente no tenía compañeros, era un niño entre adultos, aunque esto no parecía ser un problema, dado su carácter, que ya se anunciaba introvertido y tímido. Padeció disentería en varias ocasiones. Su idioma de comunicación era el ruso con su padre, el francés con su abuela y en las dos lenguas con su madre. También conocía el persa, aunque posteriormente lo olvidó.

 

En 1920, con el estallido de la Revolución en el 17, la posición de Boris Blum como cónsul de un gobierno ya inexistente se volvió insostenible y la situación en Persia también era políticamente complicada.

 

Boris Blum permaneció un tiempo más en Irán para supervisar el traspaso de la embajada y el resto de la familia emprendió un largo viaje no exento de peligros. El destino final previsto era Inglaterra. Para ello tuvieron que atravesar el norte de Persia y el Kurdistán, hasta el puerto de Basrah, en el Océano Índico; después de un tiempo de espera, pudieron encontrar pasaje en un viejo barco con destino a Southampton (Inglaterra).

 

Después de 23 días llegaron a Gibraltar, pero el capitán del barco no creyó que este fuera seguro para los pasajeros y los dejó en tierra allí. Atravesaron toda España y Francia hasta llegar a París. El choque con la civilización europea fue importante para el niño: por ejemplo conoció la electricidad por primera vez y le sorprendió enormemente el tráfico de coches.

 

La situación financiera de la familia era desesperada, por lo que, tras buscar su madre trabajo sin éxito, se trasladaron a Viena, donde vivía la hermana mayor de Xenia, casada con un vienés; allí estuvieron 18 meses. André fue enviado a la escuela, donde aprendió el alemán rápidamente pues era ya muy dotado para las lenguas; allí descubrió también la otra cara de la vida del emigrado: el trauma de ser siempre un marginado, un extranjero, un blanco fácil de crueles perjuicios.

 

En 1923, abandonaron Viena y volvieron a Paris, donde vivirían los próximos 30 años. Allí se reunieron con el padre, Boris, que había estado un tiempo en Estambul. No estaban solos, una riada de emigrados rusos que escapaban de la victoria bolchevique en la guerra civil rusa se habían asentado en la capital francesa, donde estaban destinados en gran parte a apenas alcanzar una triste y pobre existencia. Aristócratas en la miseria tenían que tomar cualquier trabajo que pudieran encontrar. Al ser apátridas no podían percibir el subsidio francés; los que no tenían trabajo pasaban hambre. La vieja Rusia de aquella sociedad de la que habían sido la crema había desaparecido, y con ella su riqueza, su status y su cultura. En esta desesperada comunidad los Blum se esforzaron por encontrar un lugar.

 

AÑOS ESCOLARES EN PARIS (1923-1929)

 

La madre, Xenia, se vio obligada a buscar trabajo en el servicio doméstico, y poco a poco pudo aprender mecanografía de manera autodidacta. Esto, junto con sus conocimientos de lenguas extranjeras, le permitió con el tiempo, conseguir trabajos como secretaria, aunque muy mal pagados.

 

El padre, Boris, había abandonado su círculo de relaciones diplomáticas. Meditaba sobre todo lo sucedido y sobre la responsabilidad de su clase social en el colapso del Imperio. Se auto responsabilizaba personalmente y, en expiación, se empleó en trabajos manuales, duros, renunciando a buscar trabajos más en acorde con sus habilidades y a intentar dar un confort económico a su familia.

 

Cada miembro de la familia tuvo que buscar un alojamiento donde pudo, separados, sin medios para poder vivir en un solo piso, y la única solución para el niño era ingresarlo en un internado. Visitaron una escuela católica que ofrecía becas a niños rusos, y cuando todo parecía ya acordado, la persona que les entrevistaba les dijo que,

 

“por descontado, era a condición de que el niño se hiciera católico”. Indignado, el niño le dijo a su madre: “!Vámonos fuera de aquí! ¡No estoy en venta!”. Este incidente marcó mucho, en negativo, la visión del niño André, sobre la religión y la Iglesia.

 

Tuvieron que buscar una alternativa y entró en otro internado, el más económico que encontraron. Esto iba a representar un auténtico infierno para el niño. Como novato, fue acosado sin piedad; con una educación de clase alta, no estaba nada preparado para aquel tipo de ambiente barriobajero, donde la brutalidad era la única ley. Hasta que no aprendió a defenderse fue maltratado y golpeado de una manera sistemática. Los fines de semana, podía estar con su madre, que trabajaba de recepcionista en un hotel y vivía en una pequeña habitación del mismo, no estaba permitido que el niño durmiera en el hotel, por lo que cada vez, tenían que hacer ver que marchaban, para luego entrar a hurtadillas.

 

 André con su madre, Xenia y su abuela, Olga. 1925 aprox.

 

Todo esto indujo en el niño una visión del mundo como algo hostil, donde era muy duro sobrevivir y donde cualquier otra persona era un peligro potencial. Además, sus padres acabaron divorciándose, lo que aumentó aún más su sentimiento de desamparo. A los nueve años tuvo un accidente en la calle, donde estuvo a punto de morir atropellado por un coche. Nunca quedó claro si fue un accidente o un intento, más o menos inconsciente, de

Los veranos, con sus estancias en los campamentos de verano, organizado por el ACER, eran un cielo en medio de aquel infierno. Aunque de condiciones precarias, resultaban una bocanada de aire fresco para la dureza de su vida y la oportunidad de encontrarse entre sus iguales.

Finalmente, para su alivio tuvo que pasar al Liceo, donde las condiciones de vida eran infinitamente mejores.

En 1925, el gobierno soviético desproveyó a todos los exiliados de su nacionalidad rusa; se les tuvo que dar un pasaporte Nansen (de apátridas) que no les permitía viajar. Fue muy humillante para la comunidad rusa y exacerbó aún más el nacionalismo ruso en los medios del exilio.

Sus padres nunca habían frecuentado la iglesia más allá de lo socialmente establecido. André evitaba siempre, tanto en los campamentos como para Pascua, etc, ir a la iglesia. Sentía una aversión hacia ella, que se acentuó con la pubertad y el inicio de la adolescencia.

Finalmente, en 1928 pudieron alquilar un piso y vivir abuela, madre e hijo juntos. Fue como un retorno al paraíso para André, ya adolescente. La vida empezaba a encarrilarse, a ser vivida en condiciones dignas, incluso se podía plantear estudiar una carrera.

Y a sus catorce años, al cesar esa lucha diaria por la sobrevivencia, por poder comer, por dónde poder dormir, se abrió paso en su interior un sentimiento de falta total de

sentido de la vida. En su característica manera de ser, tajante y decidida, se dio un año de plazo para encontrar un sentido a la vida, tras lo cual, se suicidaría.

 

CONVERSIÓN (1929-1932)

 

En el grupo de scouts que frecuentaba, había una conferencia que iba a ser dada por un sacerdote. Él, en su línea de ateo convencido, no quería ir, pero presionado por sus compañeros, acabó yendo. El conferenciante era el p. Sergio Bulgakoff, famoso teólogo, pero que en esa ocasión les habló de una manera muy infantil, como si fueran niños pequeños, dándoles una imagen del “suave Jesús, sumiso y dulce”, prototipo, para André del esclavo y antítesis del ideal de unos adolescentes que se preparaban para luchar con las armas, si era necesario, por su patria.

 

Decidido a dar carpetazo definitivo al tema de la religión, volvió a su casa, y le pidió unos Evangelios a su madre, para acabar de comprobar que los puntos de vista de aquel sacerdote ser apoyaban realmente en la Biblia y acabar así con esa despreciable religión, de sentimientos empalagosos.

 

Entró en su habitación, y desconcertado al descubrir que había cuatro evangelios, escogió leer el de Marcos, por ser el más corto.

 

Empezó a leer, y lo que sucedió a continuación fue algo que fue explicando durante toda su vida, como un testimonio. En sus propias palabras:

 

La sensación que tuve es la que a veces se tiene cuando vas caminando por la calle, y de repente te giras porque sientes que alguien te está mirando.

 

Mientras leía, antes de llegar al inicio del tercer capítulo, de pronto fui consciente de que al otro lado de mi escritorio había una Presencia.

 

Fue tan sorprendente que tuve que dejar de leer y levantar la vista. Miré durante mucho rato. No veía ni oía nada, ni sentía nada con los sentidos. Pero incluso cuando miré justo delante de mí hacia donde no había nadie visible, tuve otra vez la intensa certeza de que Cristo estaba allí, sin ninguna duda.

 

Lo comprendí inmediatamente: si Cristo está aquí, vivo, significa que es el Cristo resucitado. Conozco por propia experiencia que Cristo ha resucitado y que, por tanto, todo lo que se dice sobre él en el Evangelio es verdad.

 

 

 

Su encuentro con Cristo significó otra cosa: que no tenía sentido vivir sin compartir su descubrimiento con los demás. En sus propias palabras, de nuevo: “Pude ver al mismo tiempo que tenía que dedicar toda mi vida a hablar a la gente sobre Dios, y que sería imposible para mi tener cualquier otra vida, fuera la que fuera.

 

Realmente, este pensamiento le marcó indefectiblemente para toda su vida.

 

Al día siguiente, reprendiendo su vida normal, todo estaba transfigurado, todo era alegría, y cruzándose con la gente que iba a sus ocupaciones, se decía: ¡Dios te ha

  

creado por amor! ¡Te ama! ¡Tú eres para mi un hermano o una hermana! Y le parecía que era imposible tener enemigos, que este amor a los demás era como una potente ola que se llevaba todo a su paso.

 

Este momento, este descubrimiento determinará el resto de su vida.

 

Hizo un cambio en su vida radical, aunque sin decir a nadie la experiencia que había tenido. Empezó a leer ávidamente literatura religiosa y buscó cómo podía aprender a vivir de una manera cristiana. Buscó un guía espiritual que le guiara en este nuevo camino, finalmente se decidió, entre varios, por el p. Afanasy Nechaev. Su razonamiento para esta elección fue: “Tal y cual es primero monje y después cristiano; el padre Afanasy es primero cristiano y después monje”. Monje del monasterio de Valaam, fue enviado por su familia campesina al seminario (por ser gratuita la enseñanza), pero dejó la escuela y perdió la fe. Arrastrado por los acontecimientos de la Revolución, un encuentro con una persona del Ejército de Salvación, le convirtió de nuevo a la fe. Profesó el monaquismo al cabo de poco.

 

Esto fue en 1931. Un año antes el metropolita Eulogio Guéorguievski, responsable de las iglesias rusas en Europa occidental, se había separado del patriarcado de Moscú, por divergencias con este sobre la política de seguidismo y obediencia al nuevo régimen soviético. La mayor parte de las parroquias de la emigración pasaron a formar el Exarcado de Europa Occidental, bajo la jurisdicción de Constantinopla, y sólo un pequeño grupo de fieles permanecieron a fieles al patriarcado de Moscú, entre ellos nuestro protagonista. Este separación –que se perpetua hoy en día- causó muchas divisiones y divergencias en el medio emigrado ruso en Paris. El p. Afanasi era el párroco de este grupo, agrupado en la parroquia de los Tres Jerarcas y Sant Tijon, en la rue Petel.

 

La decisión primera André de enseñar idiomas se cambió en un deseo por dedicarse a la vida eremítica. Pero había muchos impedimentos para ello, sobre todo de tener a cargo suyo a su madre y su abuela. Fue ordenado lector y pensando en estudiar para sacerdote habló con el p. Georges Florovsky de Saint Serge. El p. Florovsky le aconsejó volver quince años más tarde.

 

Con las puertas del seminario cerradas, su padre le aconsejó buscar una profesión que le gustara intelectualmente y le permitiera al mismo tiempo poner el amor de Dios por el prójimo y el mundo en práctica. Poco a poco decidió estudiar medicina para poder dedicarse, como monje trabajador, al servicio de la empobrecida emigración rusa.

 

 AÑOS DE ESTUDIOS (1932-1939)

 

Empezó sus estudios de medicina mientras profundizaba en la vida religiosa. En 1937, 2 años antes de acabar Medicina su padre, Boris, muere a la edad de 53 años, agotado por la dura vida de exilio que había soportado.

 

André acabó sus estudios de Medicina en 1939 y concursó en una oposición para optar a entrar entre las filas del cuerpo de profesores de la facultad de Medicina; se preparó duro y mientras estudiaba no podía dejar de fantasear y verse ya como un reputado profesor, André estaba preocupado con estos pensamientos de vanidad y dudaba en renunciar a presentarse. Consultado esto con su padre espiritual, este le dio una orden que desconcertó a André: presentarse a la oposición pero escribir tal cantidad de tonterías para evitar ser elegido. Tras una larga lucha consigo mismo, así lo hizo, quedando prácticamente en casi el último lugar de la oposición y perdiendo toda posibilidad futura de hacer carrera académica.

 

Estalló la II Guerra Mundial, y André, que había adquirido la ciudadanía francesa en el 37 fue llamado a filas, para servir como cirujano.

  

DOCTOR, SOLDADO Y MONJE (1939-1949)

 

Este llamamiento a filas precipitó su decisión de hacerse monje y ese mismo año el p. Afanasi aceptó sus votos monásticos como novicio. Así empezó a practicar la regla monástica, aunque en secreto.

 

André fue destinado a un hospital cerca del frente donde trabajaba como médico al mismo tiempo que intentaba llevar una vida monástica.

 

Con la rendición de Francia, André fue desmovilizado cerca de Pau, en el sur de Francia. Logró encontrar a su madre y abuela, que estaban refugiadas en la zona, en un estado penoso, y aunque su deseo era ingresar en las filas del general De Gaulle, de quien fue siempre un admirador, la situación de su familia aconsejaba volver al París ocupado. Así lo hicieron no sin peligro, al atravesar la frontera de la Francia ocupada, pues tuvo que falsificar sus papeles, y no pudiendo comprarse más que una chaqueta de civil, atravesó la frontera con pantalones militares, estando a punto de ser detectado por el soldado alemán que inspeccionó su vagón. Su detención hubiera significado el fusilamiento automático.

 

De vuelta en París empezó a trabajar en el Hospital Broca, entró a colaborar con la Resistencia francesa, como médico, dedicándose a hacer pequeñas cirugías a los combatientes y a pasar medicamentos a las unidades de la Resistencia; después, al hacerse cargo de una ambulancia, la utilizaba para transportar miembros de la Resistencia.

 

En el hospital que trabajaba, estaba obligado a examinar a los enfermos que los alemanes habían destinado a los campos de concentración, pero encontraron un truco para dilatar el envío de los pacientes: diciendo a los alemanes que ese paciente tenía una enfermedad infecciosa -cosa que los alemanes temían sobremanera- lograban retener el enfermo un año. Finalmente, las autoridades del hospital empezaron a sospechar y, por la seguridad de sus colegas, abandonó el trabajo del hospital y estuvo un año trabajando en la Escuela Rusa de Gramática, donde tenía que enseñar de todo por un sueldo miserable.

  

Continuaba llevando en secreto su monaquismo, aunque realmente todo el mundo de su entorno lo sabía. Insistía a su padre espiritual en recibir la tonsura monástica, pero el p. Afanasi le decía siempre que no estaba preparado para entregarse totalmente.

 

 

 

Después de varios meses de lucha interna, finalmente un día sintió que no podía más y después del trabajo fue directamente a ver al p. Afanasi, consciente de que quizás no podría ver más a su familia. El p. Afanasi, después de preguntarle si venía a recibir sus votos, le emplazó para hacerlo al cabo de una semana. André le preguntó qué tenia que hacer ahora: "Irte a casa" fue la respuesta, André quedó estupefacto. Dijo que había renunciado a su casa y su familia. La respuesta fue que ahora él le ordenaba volver a su casa. Fue tonsurado durante la Semana Santa. Al cabo de tres meses, el p. Afanasi murió. No volvió a coger otro guía espiritual.
Volvió a su trabajo de médico, pero abandonó la cirugía en favor de la medicina general pues estimaba que de esta manera podía tener un contacto más directo y personal con los pacientes. 


 Al cabo de un tiempo, su obispo, o en otras versiones el p. Lev Gillet, le urgieron a la ordenación sacerdotal; se dio un plazo de un año para pensarlo, pero al cabo de poco se decidió a dar este paso. Surgió entonces la dificultad de que su madre se oponía a la ordenación y su obispo no quería ordenarlo sin la aprobación de su madre. Finalmente, la madre accedió y fue ordenado sacerdote, tomando el nombre de Antonio, de San Antonio Pechersky, fundador del monasterio de las grutas de Kiev. Es de remarcar que accedió al sacerdocio sin seguir previamente los estudios en el seminario, como era lo normativo en la Iglesia ortodoxa.

 

 

 

LONDRES. SACERDOCIO (1949-1957)

 

El p. Antonio fue contratado por la Fraternidad de San Albano y San Sergio como profesor de teología rusa durante dos años.

 

Su antecesor había sido un tiempo el p. Sergio Bulgakoff. A diferencia del p. Sergio, interesado en la unión de la Iglesia anglicana y la ortodoxa, él estaba mucho más centrado a centrarse en el cristiano individual, a interpelar a la persona -sin tener en cuenta a qué Iglesia perteneciera- a buscar una relación personal con Cristo.

 

Celebraba en la capilla de la Fraternidad y también ayudaba en la parroquia rusa del patriarcado de Moscú. Rápidamente se hizo muy conocido y querido en los medios rusos de Londres, por su dedicación y proximidad con las personas.

 

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En 1950 murió el párroco de la parroquia, el p. Vladimir Theokritof y le ofrecieron el cargo de la parroquia, aunque siempre continuó contribuyendo y colaborando con la Fraternidad. La parroquia compartía la iglesia de Saint Philipe con la Iglesia Fuera Fronteras, en domingos alternativos. El p. Antonio intentó una establecer una relación con el sacerdote de la Iglesia Fuera Fronteras, pero sin éxito.

 

La parroquia era muy étnica, tenía muy pocos fieles y estaba muy envejecida (pertenecían a la primera generación de exiliados), se había perdido toda una generación. Pronto se hizo conocido que había un nuevo sacerdote, vigoroso, y muchos de los rusos de segunda generación, que no iban ya a la iglesia, empezaron a acercarse y se quedaron.

 

La concepción de la Iglesia del p. Antonio era sobre todo, la fe en el Evangelio y que la Iglesia Ortodoxa era el Cuerpo de Cristo dado para la salvación del mundo entero y no para un específico grupo cultural. Estaba determinado a que su congregación fuera como la Iglesia Primitiva, haciéndose eco de la visión de San Pablo donde no había ni judío ni griego, ni ruso, ni inglés, ni francés. Con esta concepción, transformó gradualmente una congregación agonizante en una comunidad en crecimiento, ya que un número creciente de personas despertaban a la fe gracias al nuevo sacerdote, a su predicación, enseñanza y ejemplo.

 

Creó una escuela dominical, donde los niños recibían clases de una manera muy participativa y donde se forjaron amistades de toda una vida; después de unos años de que un grupo de jóvenes acudieran a un campamento de verano en Francia, con excelentes resultados, se crearon campamentos de verano también en Inglaterra, donde jóvenes de todo el país podían compartir su fe, convivir un tiempo y conocerse.

 

Siempre activo en la Fraternidad de San Albán empezó a ser llamado para pronunciar conferencias en una gran variedad de instituciones e iglesias, especialmente anglicanas. Su objetivo no era hablar de la Ortodoxia, su objetivo era predicar el Evangelio, desde un punto de vista ortodoxo. A veces se produjeron conversiones de anglicanos, que provocaron algunas tensiones con la Iglesia anglicana. Él siempre fue muy cuidadoso en no practicar ningún tipo de proselitismo. A veces hizo esperar hasta cuatro años a catecúmenos antes de admitirlos en la Iglesia.

 

En 1953 fue promovido a higúmeno y en 1956 archimandrita. Era obvio que desde el patriarcado de Moscú lo tenían como un hombre con futuro, que estaba haciendo grandes cosas en Londres.

En 1956 la Iglesia anglicana ofreció a las dos parroquias rusas una nueva iglesia, bastante más grande, la Iglesia de Todos los Santos, en Ennismore Garden, en alquiler, durante 21 años, sin coste, sólo con el compromiso de mantener el edificio. Había muchas dudas de poder asumir el coste, pero el entusiasmo del p. Antonio venció estas dudas y se firmó el contrato.

 

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Se inició una era de prosperidad para esta comunidad. En 1957 fue nombrado obispo auxiliar del metropolita Nicolás.

 

 

 

 

 

 

OBISPO DE SERGIEVO (1957-1966)

 

En 1958, murió su madre de un cáncer. La diócesis iba creciendo, sobre todo en Londres. En Oxford había también una parroquia, que compartía iglesia con la comunidad griega.

 

Continuaba su actividad como conferenciante y pronto llegó a ser una figura importante en el ámbito religioso de Inglaterra. Hizo numerosos programas de radio para la BBC, tanto en inglés como en ruso, también para la Unión Soviética y participó en varios programas de una serie de televisión llamada Epilogue. El éxito fue inmediato y empezó a tener una importante influencia en la vida religiosa del país; se convirtió en famoso y tuvo que soportar ser el foco de atención allí donde iba.

 

En 1961 fue a Nueva Delhi, a un congreso de Consejo Mundial de las Iglesias. Le impresionó la pobreza del país.

 

En octubre de 1961 fue invitado por el Patriarcado de Moscú ha visitar el país durante dos semanas, acompañado siempre por un sacerdote, su “ángel guardián” que sin duda, reportaba cualquier irregularidad que pudiera ocurrir en sus visitas. Se pudo sentir por primera vez en su país natal, con sus conciudadanos, sin ser considerado un extranjero. Pidió a su “ángel guardián” poder entrevistarse con el Representante del Estado para Asuntos Religiosos, el responsable no estaba disponible, pero sí uno de sus subordinados. Tuvo bastante relación con estos funcionarios, utilizando un tono franco, sin miedo, a pesar de los micrófonos que siempre lo grababan todo. Para evitar problemas a sus amigos, se alojaba en los hoteles especiales para extranjeros. Según él mismo, “siempre recitaba mis oraciones de la mañana en voz alta; después daba vueltas alrededor de la habitación cantando himnos monárquicos. Era una educación para mis auditores”.

 

Aunque no le gustaba lo elaborado y la perfección del rito litúrgico, después de asistir a algunos oficios, vio que para los fieles soviéticos era una representación del glorioso y eterno banquete, en medio de su vida, gris y desdichada.

 

Le impresionó mucho el fervor de las personas en la Iglesia: Rezaban con una profundidad más allá de nuestra experiencia, pues rezaban como personas que arriesgaban sus vidas por la Iglesia de Dios. Y cuando rezaban a la Madre de Dios

 

“esperanza de los desesperados” lo hacían realmente porque no tenían otra esperanza en la vida. Oír a cinco mil personas rezando desde lo más profundo de sus almas, es una experiencia de un profundo poder y de una solidez tal como no había experimentado en Inglaterra.

 

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Después de este primer viaje hubo muchos viajes más, de él y también organizó peregrinaciones que se hacían con ortodoxos ingleses. Estas visitas en que los ingleses eran convenientemente agasajados por sacerdotes que seguían las directrices del Gobierno no dejaron de tener siempre polémica, así como también la cuestión de la opción del Patriarcado de amoldarse a la línea impuesta por el Gobierno.

 

Esta primera visita de msñr. Antonio causó impresión en le Patriarcado. En 1962 fue nombrado arzobispo de Souroge y Exarca de Europa occidental. Esto conllevó que en los siguientes 12 años tuviera que viajar mucho para visitar a las parroquias de Europa occidental y que cada año visitara el Patriarcado en Moscú.

En los años siguientes fueron creciendo pequeñas comunidades de rusos o convertidos en Inglaterra y msñr. Antonio empezó a ordenar clérigos para estas comunidades, sin salario. Desconfiaba de los seminarios (él mismo no había ido) y siguió con esta política durante el resto de su vida. Por el contrario, buscaba personas de fe sólida y con aptitudes de liderazgo y con una buena línea de vida cristiana.

 

La llegada de convertidos ingleses comportó que poco a poco se fuera introduciendo el inglés en la celebración, no sin problemas y resistencias.

 

METROPOLITA DE SOUROGE (1966-1976)

 

En 1966 el Santo Sínodo lo elevó al rango de metropolita, con 52 años.

 

Ese mismo año publicó Living Prayer, que como todos los demás libros que siguieron eran una compilación de sermones, charlas y cursos pronunciados, como siempre, sin ningún tipo de notas. El libro tuvo un gran éxito y aumentó su fama, y las peticiones de charlas, programas, etc.

 

Al cabo de 4 años se publicó Escuela de Oración, también una colección de charlas dadas en el Exeter Colllege de Oxford; eran charlas destinadas en principio a los no creyentes. Tuvo un gran éxito, siendo su libro con más impacto en el público.

 

El Patriarcado lo nombró para otros cargos. Actuó como representante en el Concilio Mundial de las Iglesias, convirtiéndose, en 1966, en miembro del Comité Central de este organismo. Aunque no era muy simpatizante de la actividad ecuménica en sí, lo aceptó para dar posibilidad a la Iglesia rusa de tener una presencia en el mundo y de tener una voz que no siguiera las consignas del Gobierno soviético. No era un hombre que se dejara intimidar por las presiones de los funcionarios comunistas.

 

En el 67 visitó Taizé, y a lo largo de los años tuvo siempre una estrecha colaboración con este movimiento.

 

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En 1969 se empezó a publicar mensualmente la revista “Newsletters”, donde se publicaban sus sermones. En 1970 publicó Dios y Hombre (God and Man), compuesto de charlas dadas en la Universidad de Birminghan y Lovaina (Bélgica)

 

En 1972, se publicó Meditaciones sobre un tema: una serie de charlas sobre los evangelios que preceden a la Cuaresma.

 

En el mismo año, A. Solzhenitsyn escribió una letra abierta al patriarca de Moscú, Pimen, pidiéndole que condenara la falta de libertad de los fieles en la Unión soviética. El patriarca no dijo nada. En los medias de Occidente, se criticaba vivamente esta falta de integridad de la Iglesia rusa. Msñr. Antonio, que entendía bien la situación, emitió un programa de radio en el que plasmaba su visión: la Iglesia era un Cuerpo eterno en un mundo temporal, y tenía la misión de asegurar la comunicación entre el hombre y Dios y viceversa y no podía arriesgar esta misión entrando en riesgos políticos. Cesaron las críticas.

 

En 1974, A. Solzhenitsyn fue expulsado de la Unión soviética, y el metropolita Serafín de Krutitsy publicó el 1 de marzo una carta en el Times donde lo acusaba de fascista y que a los ojos de lof fieles ortodoxos había perdido del derecho de ser llamado cristiano. Monseñor Antonio respondió entonces en el mismo periódico a la semana siguiente, repudiando, como jerarca de la Iglesia y con todo su clero y pueblo las declaraciones del metropolita Serafín y declaró que Solzhenitsyn eran un hombre con un “profundo y comprometido” amor por Rusia en su “lucha sin miedo por la dignidad humana, la verdad y la libertad”. Concluía afirmando que en su amor y devoción por su país, Solzhenitsyn no estaba solo, ni en Rusia ni en el extranjero. Esta vez fue un choque frontal con el Patriarcado.

 

En la noche de Pascua de ese mismo año Monseñor Antonio anunció su dimisión como Exarca para Europa Occidental.

 

En 1977 finalizaba el contrato de alquiler de la iglesia y la Iglesia Anglicana tenía intención de vender el edifico. Ofertó primero a la comunidad rusa un precio muy bueno, pero era una cantidad enorme para la parroquia. Pero el entusiasmo del obispo hizo que el consejo parroquial se decidiera por la compra de la iglesia.

 

 

 

 

MIRANDO HACIA EL EXTERIOR (1977-1992)

 

Se hicieron múltiples actividades para sufragar la compra del edificio: conciertos, donaciones del exterior, especialmente de los anglicanos, y finalmente se pudo comprar el edificio.

 

Nuestro metropolita fue condecorado por su propio patriarcado con la Orden de San Sergio. 2 años antes había sido condecorado por la Iglesia anglicana con la Lambeth Cross.

 

A lo largo de los años se fueron redactando unos estatutos de la diócesis, y se formó la Asamblea Diocesana y el Consejo Diocesano, órganos de dirección de la diócesis. Eran

 

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en su mayor parte cargos electos por votación, con una mezcla de clérigos y laicos. Una particularidad era que preveían elegir a su propio obispo, para ser propuesto a la aprobación del Santo Sínodo. El Patriarcado nunca aprobó oficialmente estos estatutos pero permitió a la diócesis vivir según ellos.

 

Se fundó la Orthodox Fellowship of St. John The Baptist, que desarrollaba un programa reuniones, una conferencia anual y un periódico, con la finalidad de reunir a ortodoxos de diversas confesiones.

 

Continuó durante muchos años haciendo programas de radio para la BBC y radio Liberty.

La diócesis rusa mantenía muy buenas relaciones con la diócesis griega, pero nunca se pudo llegar a plantear una posible unión para fundar una iglesia autocéfala.

 

Su agenda continuó estando llena de conferencias, clases y programas de radio. En las clases de la universidad no era especialmente riguroso con las citas y las fuentes. No fue nunca un teólogo, sino un pastor y su

 

vocación era hablar de corazón a corazón de su audiencia, más que a su razón.

 

Continuó visitando la Unión Soviética, en estos viajes había una parte oficial y una parte ilegal. Con cualquier excusa se reunía en algún piso, que quedaba abarrotado de gente y donde podía estar hablando y respondiendo preguntas hasta la extenuación. Muy conocido por sus emisiones radiofónica en onda corta, durante años fue la voz de la Ortodoxia Rusa.

 

 

En 1988, año de la celebración del Milenio de la Rusia cristiana, msñr. Antonio pudo ver que, con la política de glasnost de Gorbachev, que daba al Milenario una significación cultural, había un despertar de millones de rusos a una vivencia religiosa. Según msñr. Antonio: “Que el Gobierno permitiera que el Milenio fuera un evento nacional es cierto, y que lo haya hecho por sus propias razones es cierto también, -la razón era, como Gorbachev y Gromyko habían declarado-, que la Iglesia era la única entidad que podía hacer de columna vertebral moral a la nación que estaba hundida en lo que respecta a una actitud moral de vida. Pero por otro lado este Milenio es realmente un nuevo Bautismo de Rusia, en el sentido de que millones de rusos estaban descubriendo a Dios, redescubriendo a Cristo, redescubriendo una dimensión de vida que es la del Reino de Dios, a pesar de todas las debilidades y imperfecciones de la Iglesia.

 

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Numerosas personas volvían a la Iglesia, entre ellos muchos intelectuales, aportando con ellos una dimensión de pensamiento sobre la fe, aspecto en que la Iglesia había carecido previamente. Fueron tiempos tumultuosos. Por debajo del tumulto un profundo cambio espiritual estaba en marcha y la Iglesia rusa empezaba a romper sus cadenas.

 

En 1990, para la elección del nuevo patriarca, msñr. Antonio fue nominado por el p. Hilarion Alfeyev, por su integridad y su obra, pero fue rechazado en razón de la edad.

 

MIRANDO AL FUTURO (1992-1999)

 

Al llegar a los 75 años, como era normativo en la Iglesia rusa, presentó su solicitud pero le fue retirada, para alivio de su diócesis.

Pero su salud, que nunca había sido buena (padecía desde joven de dolores de espalda) empezó a declinar seriamente. Muchas veces se le veía celebrar exhausto, sin fuerza, pero con frecuencia recobraba el ánimo de una manera sorprendente, y asombraba a los fieles con su energía. Él mismo decía: "Mi corazón está cansado,

 

pero mala hierba nunca muere"

 

En 1993 fue consagrado obispo auxiliar Basile Osborne, un sacerdote viudo.

 

 

 

 

MIRANDO A LA ETERNIDAD (2002-2003)

 

La salud de msñr. Antonio empeoraba cada día, y también sus fuerzas. Muchas de sus funciones estaban delegadas en otras personas.

 

Al mismo tiempo, la catedral había crecido mucho en número de fieles, siendo más anónima. También se había incrementado mucho el número de rusos venidos con la caída de la Unión Soviética, lo que generaba una nueva situación.

 

Finalmente se consagró como obispo al p. Hilarion Alfeyev, joven sacerdote, que había estudiado en Oxford, y había sido hijo espiritual de msñr. Antonio. Este hizo una gira por todas las parroquias de la diócesis y se empezaron a generar tensiones entre los fieles. Encontrando a descontentos con msñr. Antonio –había una cierta dejadez en organización por su edad avanzada- prometió resolver cosas y de hecho se generó a su alrededor una facción de personas, minoritarias pero muy ruidosas, que constestaban la forma de regirse de la diócesis y las personas. Msñr. Antonio juzgó que esa situación no podía continuar y así lo manifestó en el Patriarcado.

 

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Msñr. Hilarion fue destinado a Bruselas en el verano del 2002, pero msñr. Antonio quedó muy debilitado con este asunto. Tenía un cáncer y tuvo que ser operado del mismo. A esto le siguió sesiones de radioterapia, pero no se acabó de recuperar y murió el 4 de agosto de 2003.

 

 

 

 

SU VISIÓN DEL CRISTIANISMO

 

Msñr. Antonio no descubrió el cristianismo a través de la Iglesia con todo su ritual, simbolismo y estructuras, sino a través del Evangelio, en la presencia de Cristo, así pues, su visión del Cristianismo comenzaba, continuaba y finalizaba con la simple verdad del mensaje del Evangelio. Estaba muy satisfecho de utilizar la palabra “simple”, en este contexto, no como un rechazo a una disciplina intelectual sino como

 

“simplemente” tomar su propia cruz y seguir a Cristo Resucitado y, también en la medida que se podía, vivir los mandamientos, las Bienaventuranzas y el ejemplo del Señor, y seguirlo hasta el Calvario.

 

Simple en términos teológicos, pero no en la realidad de cada cristiano, donde es cuestión de seguir a Cristo a toda costa, sea el precio que sea. Es luchar, esforzarse por llevar el Reino de Dios a nuestras vidas y a cada situación. No concebía medias tintas en el ser cristiano. Siempre alentaba a sus fieles a dar el cien por cien y no vivir para uno mismo sino para Dios y los demás.

 

Basó mucho su acción de predicador en comentar el Evangelio, pero enfocándolo siempre a cómo este se tenía que encarnar en la vida de cada cristiano, hacía siempre mucho hincapié en que no quedara en una mera especulación intelectual o en una vida espiritual que no implicara a todo el ser.

 

Hacía mucho énfasis en que los cristianos teníamos que adoptar la "Mentalidad de Cristo", pensar como pensaba Cristo, ver como veía Cristo (viendo más allá de lo exterior como con Mateo, Zaqueo, etc.), y actuar como Él.

 

Una parte muy importante de su predicación la hizo haciéndose testimonio él mismo, hablando y testimoniando de su conversión. Decía que para él Dios era un hecho, no una creencia. En esta misma vertiente del testimonio, por el hecho mismo de cómo ocurrió su conversión, daba una gran importancia a la Resurrección de Cristo, como un hecho fundamental en la historia de la humanidad y en la vida de cada cristiano, como algo real que determina toda nuestra vida.

 

Y también en la importancia que le daba a la lectura del Evangelio y a la oración cara a cara con Cristo, por encima de las prácticas del servicio litúrgico y otros caminos de la Iglesia.

 

Intentó conjugar siempre su predicación, su visión del cristianismo con su práctica personal y como pastor y creador de la diócesis.

 

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VISIÓN DE LA IGLESIA

 

El padre Antonio (como prefería que se le llamase) decía que las verdaderas iglesias eran los lugares donde se deja espacio paran que sean la posesión absoluta de Dios, su casa en la tierra, donde era el Señor y el Maestro y donde las personas podían encontrar consolación, lugares donde sólo se predicaba el amor, donde no había lugar para el odio humano. Donde las personas que estaban desfiguradas por el mundo exterior, podían gradualmente entrar en razón y a arrepentirse y empezar a cambiar y donde la alegría podía florecer en un paraíso terrenal.

 

No sólo hablada de su propio rebaño. Y rezaba para que no fuera sólo los edificios de las iglesias los que se embellecieran, sino también el corazón de todo el pueblo, para que pudieran ser dignos de entrar en la casa de Dios, no para juicio sino que, igual que el publicano, conscientes de su indignidad, y conscientes también del misericordioso y transformante amor de Dios. Esto resumía su visión de lo que la Iglesia y su pueblo tenían que ser, y lo repetía muchas veces. Era característico que no hubiera mención ni de rusianismo, ni de Ortodoxia, ni de espiritualidad piadosa.

 

En la práctica procuraba que su iglesia se pareciera a la Iglesia primitiva, donde reinara el amor, donde el sacerdocio fuera un servicio real y no un ejercicio de poder.

 

 

 

OTROS ASPECTOS DE VISIÓN Y PRÁCTICA

 

El p. Antonio no era un liberal, en el sentido actual de la palabra sino que estaba muy anclado en la Tradición ortodoxa, pero tenía un gran afán en eliminar las adiciones de poder, de folclorismo revestido de tradición, de etno-filetismo que podían enmascarar la belleza de la Ortodoxia.

 

Sentía una gran predilección por los Padres del Desierto y citaba con frecuencia sus dichos y hechos. Vivía la vida “simple” a la que hemos hecho referencia. En su vida vivía de manera modesta, nunca por encima del mínimo necesario, en el pequeño apartamento del sacristán de la catedral, con un sueldo inferior al del sacerdote casado de la catedral. Vestía sus vestiduras episcopales con mucha dignidad, pero sus sotanas y su ropa eran baratas y viejas.

 

Su fe era de miras amplias. Sus contactos ecuménicos fueron numerosos y siempre estaba deseoso de predicar en cualquier denominación cristiana o en cualquier sitio.

 

Ponía mucho énfasis en que era muy fácil el caer una visión de miras estrechas, reguladas por reglas que tenían poco que ver con el Evangelio. Por ejemplo, aborrecía las confesiones mecánicas “no quiero un inventario de pecados”, decía. Buscaba que la fe fuera libre y sincera, no legalista. La suprema regla para él era la ley del amor.

 

Decía que Dios nos había amado trayéndonos a la existencia y que nosotros teníamos que llenar nuestros corazones de este amor y derramarlo a nuestro alrededor. Esto era para él, el “brillo de la vida Eterna” que debía brillar en cada cristiano y que tenía que hacer que los no creyentes se acercaran a Cristo, no por palabras, sino por un testimonio viviente.

 

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La humildad era un punto importante en su predicación y en su praxis; prefería ser llamado “padre Antonio”, como hemos dicho, que no “Su Eminencia” o títulos por el estilo. No había mesa del clero en las celebraciones de su parroquia, se sentaba entre la gente. Prefería ser visto como un padre más que como un jerarca, conocía a todos sus parroquianos, no era distante en absoluto.

 

La humildad no era ser débil y habló y se comportó con valentía en la época de la guerra fría, tanto fuera como dentro de la Unión Soviética.

 

No era un soñador y siempre trabajó con el status quo de las cosas, no con visiones idealizadas o sentimentales. Conocía bien las dificultades de la vida.

 

 

 

EL MINISTERIO DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA

 

Cuando en la Iglesia anglicana se empezó a debatir sobre la ordenación de las mujeres al sacerdocio, la Iglesia ortodoxa, al ser preguntada, expresó un rechazo global a esta cuestión. El padre Antonio. pensó profundamente sobre el tema y sacó algunas conclusiones sorprendentes. Escribió el prefacio del libro de E. Behr Sigel, Le ministère de la femme dans l'Eglise. Y empezó a dar soporte público al rol de la mujer en la Iglesia, sin miedo a las críticas que pronto se levantaron contra él, tanto dentro como fuera de la Iglesia ortodoxa. Personalmente no tenía nada en contra de la ordenación de las mujeres y pensaba que la Iglesia Ortodoxa tenía que hacer una reflexión profunda, antes de emitir un rechazo frontal

 

En 1988, en el Concilio local de Zagorsk, quiso enviar como delegada a Militza Zernov, persona muy relevante en su diócesis (viuda del historiador N. Zernov), este nombramiento fue vetado por el Patriarcado, diciendo que sólo podían ser hombres los miembros del Concilio. En pleno Concilio y en una de sus sesiones protestó vivamente por esto y puso de relieve el heroico papel que habían tenido las mujeres, tanto dentro como fuera del país. En su diócesis, muchos de los cargos de gobierno eran mujeres.

 

 

 

OTROS ASPECTOS

 

En el aspecto litúrgico y de la celebración se intentó combinar el inglés con el eslavón, con diferentes modalidades, dependiendo de las épocas. Redujo mucho, en la celebración episcopal de la liturgia el sobre-énfasis que hay en la figura del obispo, y lo volvió hacia Dios. No se preocupaba por las apariencias externas, ni por seguir de manera rigurosa el libro de las reglas litúrgicas.

 

Habló sobre la Verdad, sin miedo, y la vivió tanto como fue capaz, y nos dio el mensaje del Evangelio, para que los pusiéramos en práctica. Y creo que es un reto para todos nosotros, hoy: tomar en serio la visión del Metropolita Antonio. Ponerlo en práctica. Brillar con la luz que nos ha revelado ¡Y hacer que su legado -su visión y su práctica-viva en nosotros! (Gillian Crow, Metropolitan Anthony: his visión and practice)

 

 

 

 

 

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Para conocer más sobre la vida y la enseñanza del Metropolita Antonio, ver los siguientes links:

 

 http://masarchive.org/Sites/Site/Home.html (varios idiomas)

 

 http://www.mitras.ru/eng/ (inglés y ruso)

 

 http://www.exarchate.org.uk/metropolitan-anthony (inglés)

 

 http://www.pagesorthodoxes.net/saints/antoine-bloom/bloom.htm (francés)

 

-  En Youtube, buscando ‘Anthony Bloom’, hay gran cantidad de conferencias (inglés y ruso)